Pero claro, si te desplazas equis mil kilómetros hacia Oriente, tras diecisiete horas de avión y aun habiéndote recuperado del jet-lag…todo lo ves posible. Y es que en ese cúmulo de contradicciones que es la sociedad nipona hay uno que me ha llamado poderosamente la atención: su vuelta al pasado como reivindicación de modernidad (todo sea dicho que en la sociedad occidental sufrimos algo parecido con la moda ‘vintage’). Y así es posible observar en ciudades perfectamente cosmopolitas y símbolo de modernidad como Tokio o Kyoto, a parejas de chicos jóvenes, ella perfectamente ataviada con su kimono y él con su yukata, cenando en un restaurante de moda y cruzándose con encarnaciones adolescentes del cyberpunk, no tan jovencitas treintañeras imitadoras de Candy Candy (seguidas por las miradas lascivas de ellos y envidiosas de ellas) y ejecutivos con el nudo de la corbata a medio caer y camisa sudada: y todos estos ingredientes dentro del mismo receptáculo, como si fueran partes alícuotas de un cóctel de difícil digestión por parte del occidental medio.
Y es que Japón es pura contradicción, modernidad vanguardista y tradiciones rancias, trenes bala y gente en bicicleta, tejanos importados de EEUU en la Universidad y kimono para cenar, templos en la calle y hoteles de amor por horas sin recepcionista, amplios parques estilo zen y hoteles cápsula, geishas recluidas en sus barrios a cal y canto y señores de compañía para las chicas en edad de merecer.

En fin, primera aproximación a Japón, vendrán más.